LEON
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EL VASTO MUNDO DE LA BRUJERÍA

La primera idea que se viene a la tatema cada vez que proyectan en la tele El Libro de Piedra, es que se trata de una obra de culto; y como la mayoría de las obras de culto es un producto imperfecto. Y escribo en éste término puesto que la película fue financiada desde las entrañas de una industria que aún hoy en día, a pesar del inequitativo marco en que se desenvuelve, se ha empeñado en renacer. Entonces, a partir de la secuencia de apertura se desprende un extraño aliento artesanal; una artesanía ocasionada en mayor medida por su estética descuidada a razón del bajo presupuesto y que por extraños mecanismos que tienen que ver con el sentimentalismo y la nostalgia, consigue desarmar al cinéfilo más recalcitrante sobre cualquier exigencia de altos vuelos. A contracorriente de muchos realizadores que alquilaron su oficio a destajo sin prestar demasiada importancia al producto final, estas particulares condiciones no impidieron al mago del suspenso mexicano plasmar su personal visión sobre la temática de la casa embrujada. Lastrada por una inversión paupérrima, Carlos Enrique Taboada inteligente y resignado, decidió apostar por el cuento gótico y el acento en el horror psicológico. Mal no le fue si la comparamos con el fallido remake de Julio César Estrada de hace unos pocos años. EL LIBRO DE PIEDRA 2
A la hacienda de Eugenio Ruvalcaba (Joaquín Cordero) llega Julia Septién (Marga López) contratada para impartir la educación personal a Silvia (Lucy Buj), la caprichosa hija del empresario e imposibilitada para asistir al colegio por “severos trastornos mentales”. Julia entra paulatinamente al solitario universo de la niña donde se gastan a cada rato, bromas unas veces ingenuas, otras, las más; de mal gusto y que tienen que ver con la práctica de la magia negra. Dentro de este mundo aparentemente normal habita Hugo, el amigo imaginario de Silvia quien en realidad es el descendiente de un oscuro brujo medieval y cuyo cuerpo fue petrificado en una estatua para preservar el conocimiento de un libro mágico de la persecución eclesiástica. Entre Silvia y Hugo se establece un lazo enfermizo para el aprendizaje del ocultismo, la tortura a Mariana (la futura madrasta de la niña); y finalmente, el homicidio de Carlos (Aldo Monti), un pintor snob. Bueno hasta un pastor alemán que acosó violentamente a la niña paga su atrevimiento. Hugo liquida a todo ser que intente dañar o separar de su aprendiz. Exasperado por la muerte de su amigo y el brutal vejamiento sobre Mariana en el lago de la hacienda, Eugenio destruye con un mazo el cuerpo de Hugo.
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Menospreciada en la época de su exhibición comercial (Emilio García Riera apunta sin consideración alguna que… “Sin esa atmósfera que predispone al misterio poético, a la visión de lo extraño en lo cotidiano, los antecedentes del niño pétreo parecen gratuitos y postizos”. Historia Documental del Cine Mexicano) y actualmente revalorada por un puñado de críticos capitalinos, este filme relata con un desparpajo carente de prejuicios una de las más cochambrosas visiones que sobre la infancia haya retratado la cinematografía nacional; infancia generalmente recreada con un tufillo de ingenuidad angelical. Con Taboada, estas criaturas son representadas con un aliento sardónicamente pestilente gracias a la explicitud de sus “virtudes”: caprichosos, egoístas, violentos en su naturaleza dual, vengativos, manipuladores, mentirosos y finalmente homicidas con una absoluta carencia de sentimientos de culpa; en suma, dos verdaderas linduras. Como toda buena película de horror, El Libro de Piedra contiene una historia delirante, quizá aquejada de algunos tics y efectismos, pero con un sentido del humor (un humor más negro que la noche, dicho sea de paso) donde el realizador toma partido y simpatía por sus dos inefables engendros; un relato cargado con la virtudes y defectos propios del oficio de su autor, de tal modo que la suma y resta de sus elementos formales, con su código específico de obra de consumo popular y entretenimiento de masas; con el paso del tiempo se han enriquecido ante los ojos de nuevos espectadores, elementos a saber: Una libérrima adaptación inspirada por el filme inglés The Innocents (Posesión Satánica. 1961. Jack Clayton) de la que Taboada se fusiló la línea argumental y que a su vez es el resultado de la adaptación que realizó, entre otros, Truman Capote sobre la novela de Henry James La vuelta de Tuerca y de donde surgen ambos relatos cinematográficos; el indudable valor de su composición visual con un omnipresente tono mortecino por cortesía de los bajos fondos monetarios disponibles para el trabajo de Ignacio Torres. Muy importante es la aportación de Mario Lavista que más que orquestar un score tradicional, diseña una psicofonía sombría sin lugar a dudas, en consonancia con el peinado de Julia Septién; dos elementos estrambóticos, psicodélicos y locuaces. El mismo guión de Taboada es partícipe de estas características a través de unos diálogos y situaciones exageradamente descriptivos o de plano pirados; el doblaje en algunos personajes secundarios es tremendamente plano; las actuaciones del elenco estelar están como lastrados por el pasmo, en particular la de Joaquín Cordero que parece convertirse en un tótem parlanchín debido a una inmovilidad consternante, en oposición a la dinámica mostrada por el par de enanos multihomicidas. Aún con esto en contra, la mano del realizador se percibe en el manejo del suspenso con innegables momentos de lirismo como la aparición del rostro de Hugo en el espejo de la sala, la dosificación de la iluminación y el recurso del claroscuro. Para estar a la altura del delirio, la edición fusiona dos universos opuestos y a la vez complementarios: el de la claustrofobia generada por el acoso fantasmal dentro de la casona hasta la vastedad territorial infinita de la hacienda, el feudo donde gobierna el maléfico brujo con su risita burlona.
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Es quizá la secuencia final que catapultó a la película al extraño mundo del culto cinematográfico; uno de los más pesimistas, cínicos y sorprendentes que el género fantástico mexicano ha elaborado a lo largo de su aciaga historia. Con Silvia tomando el lugar de Hugo, el director parece señalar que los seres humanos somos meras marionetas bajo la influencia de fuerzas oscuras e ignotas; que la maldad parece ser parte inherente a la naturaleza humana y condiciona cualquier acto o noción de libre albedrío, esa parte sombría a la que podemos acceder por medio de rituales obscenos. Con Silvia posesionada, la maldad suprema termina apoderándose hasta la eternidad de un alma que ya había perdido su inocencia, habrá que recalcarlo, pero por lo mismo más doloroso pues se le despoja por completo de la posibilidad de expiación. Con el raciocinio de los adultos mancillado a extremos inauditos, el relato concluye que El Mal es el motor de este universo donde no tiene cabida el Dios judeocristiano… Para gozar a perpetuidad.
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El Libro de Piedra/ D: Carlos Enrique Taboada/ G: Carlos Enrique Taboada basada libremente en la novela Otra Vuelta de Tuerca de Henry James/ F en C: Ignacio Torres/ E: Carlos Savage / M: Mario Lavista/ Con: Marga López, Joaquín Cordero, Lucy Buj, Norma Lazareno y Aldo Monti/ P: Producciones Adolfo Grovas. México. 1969

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